15/12/08

El Renacer de Roma -Capítulo II


2. Priscila Tullis:

Priscilia Tullis, nacida en el seno de una familia romana bien avenida, se quedaba en casa con su madre mientras que su hermano Calias acudía al ludus, la escuela. Su madre le enseñaba las diversas tareas domésticas, pues para el día en que se casara debía de saber hilar, tejer y bordar. Su hermano acudía a la escuela en compañía de Pirro, su criado y paedagogus, que se encargaba de llevarlo y traerlo de allí y se aseguraba de que Calias hiciera sus tareas de lectura escritura y cálculo.
Pese a que tenían dinero, Calias no iba acudir a la escuela media, pues se negaba en rotundo. El grammaticus de la escuela, Angelo, era un hombre amable y muy culto, conocido y respetado por todos los habitantes, pero también temido, pues había quién decía que en ocasiones hablaba en un idioma extraño y tenía comportamientos nada naturales. Aunque esto ocurría con otros ciudadanos importantes de la ciudad, como el emperador, Octavio Augusto; de hecho todas las personas con cargos importantes eran en cierto modo diferentes, al menos esa impresión daban. Pero a Priscila personalmente le caía muy bien, era amigo de su padre y venía muchas veces a casa a comer. Él enseñaba a los muchachos a leer y a comentar textos de autores griegos y latinos, sabía de todo, y podía resolver cualquier duda que tuvieran.
Aunque las niñas no podían ir a la escuela, cuando él venía a su casa le enseñaba a leer y a comentar textos, porque le gustaba mucho. Aquella tarde fue a visitar la casa y enseñó a Priscila un texto de Homero:
-Mira lo que te he traído –me dijo mostrándome el texto- ¿te apetece que le echemos un vistazo?
-Sí –contestó animada.
Lo primero para traducir los textos era situarlos en su contexto, luego se analizaban y por último se realizaba un juicio crítico. Esto era una tarea complicada, pero con Angelo al lado todo era más fácil.
-Angelo, ¿has estado en muchas ciudades verdad? –Preguntó- ¿en donde aprendiste todo lo que sabes?
-Pues no he salido de esta ciudad desde que nací, esta es mi tierra. Estudié en la misma escuela que estudia tu hermano, luego en la que ahora soy profesor, y más tarde realicé estudios superiores, Retórica y Oratoria.
-¿Qué es eso?
-Pues el arte del buen hablar, tu hubieras sido una buena oradora. Tu hermano aún está a tiempo de serlo, convéncelo para que continue sus estudios y luego acuda a la escuela de retórica.
-¿Y que se hace ahí? –Preguntó la niña- Yo no creo que mi hermano sepa hacer nada de eso, es muy torpe.
-Bueno, no todo el mundo tiene el talento necesario para ser orador, pero puede intentarlo. Se hacen debates entre estudiantes, la controversiae, y también monólogos de personajes famosos, la suasoriae.
Estuvieron toda la tarde hablando y luego la madre de Priscila se dispuso a hablar con Angelo. Su hija ya había cumplido los quince años, edad suficiente como para estar ya casada, y necesitaba buscarle un marido. Angelo era un hombre joven, de treinta y tantos años, guapo y muy culto; además se llevaba muy bien con Priscila, y había sido ella misma la que había señalado a este como esposo. Cuando Tulia, que así se llamaba la madre, le propuso esto a Angelo, la cara de este reflejó total desconcierto, e incluso pavor.
-Lo siento mucho Tulia –dijo Angelo- pero no estoy segura de que sea el mejor marido para tu hija, necesito pensármelo.
-Está bien –dijo esta- pero dentro de un mes mi hija debe estar casada, además ella misma te ha escogido como esposo. Priscila es una muchacha bonita e inteligente, no encontrarás mejor esposa en toda Roma, además la conoces muy bien.
Tras esto Angelo se marchó corriendo, y Priscila, que estaba escuchando la conversación tras la puerta se sintió decepcionada y corrió a su habitación. La casa en la que vivían, una villa, tenía una sola planta y carecía de ventanas. El centro de la casa era el atrium, un patio con una abertura superior, bajo esta se encontraba el compluvium, que recogía el agua de la lluvia. También había un vestibulum, sala de espera y una sala de estar de la familia. La casa tenía un gran patio y muchos jardines, y cerca de la cocina se encontraba el baño.
A la mañana siguiente su madre y ella acudieron a las termas de Caracalla, unos baños públicos. Allí se relajaron, charlaron y cotillearon con el resto de las mujeres de la zona. Había varias salas, cada una con unas temperaturas diferentes: frigidarium (agua fría), tepidarium (agua templada) y caldarium (agua caliente). También había vestuarios, salas de gimnasia, acicalamiento y embellecimiento. Tras pasar por la sala de agua templada, salieron a las piscinas al agua libre, en donde hombre y mujeres estaban juntos.
Tras salir de las termas, Priscila acompañó a su madre a visitar a una amiga, Lucrecia, que vivía en un barrio de clase media baja. Vivía en un bloque de pisos orientado hacia el exterior y con ventanas muy pegadas las unas a las otras. Eran insulas, la mayoría viviendas de alquiler. Lucrecia había sido esclava de la familia hasta hace dos meses, cuando había comprado su libertad. Ahora la visitábamos muy a menudo.
Lucrecia las acompañó a comprar, se desplazamos hasta el centro neurálgico, donde se situaba los foros imperiales y toda la actividad política y comercial. El foro de Trajano era el más importante, era una plaza de mercado cerrada por un templo. Estaba compuesto por una gran plaza, la basílica Ulpia, dos bibliotecas y un mercado cubierto. Las tiendas estaban colocadas en semicírculo, con entrada y salida a la calle a la que se superponían varios pisos con más tiendas y diversas dependencias. En el foro había también una estatua de Trajano y una columna conmemorativa.
En el foro realizaron las compras semanales, algo de fruta, carne y embutidos para comer y vino para acompañar las comidas. Mientras Lucrecia y su madre compraban, Priscila fue a la biblioteca del foro a dar una vuelta, le gustaba observar las obras griegas y latinas que allí había. Al entrar saludó a Pirro, el bibliotecario.
-Hola Pirro –dijo la muchacha.
-Buenos días Priscila –contestó Pirro- Han traído algunas obras nuevas que puede que te gusten. Están al final de la sala, en la esquina.
-Muchas gracias Pirro.
Priscila marchó en busca de aquellas nuevas obras, solía visitar la biblioteca todas las semanas mientras su madre realizaba las compras. Al llegar al pasillo observó que había una puerta al final de este, una puerta que ya sabía a donde conducía, quizás porque antes le habían indicado a donde conducía. La muchacha se acercó a esta y asió el pomo con la mano, a continuación tiró de él hacia abajo, y la puerta se abrió con un sordo chasquido, y Priscila penetró en la estancia.

2 comentarios:

Indie dijo...

Hola. Me encanta como escribes. Has terminao la obra? Si eso me la pasas que la quiero leer.

Lia dijo...

Tú también escribes muy bien Indie. Te refieres a la historia esa k s muy larga? No..jajaja, y no se kuando la voy a terminar, sk tngo poko tiempo.